domingo, 21 de octubre de 2007

Manual para conversar con su mascota

La conversación es un arte en estampida. La horda de analfabetos funcionales con la que el hombre educado ha de vincularse en el día a día así lo establece. Cualquier esfuerzo por cultivar un bosque verbal en común deviene en páramo sombrío e inhabitable. Ésta es la principal razón por la que en los vernissages sólo me dedico a beber en moderación y a observar la conducta ajena. No socializo, soy un profesional. Pero la naturaleza es sabia. Como sucedáneo del escaso congénere interesante nos ofrece una alternativa asaz estimulante: los animales. Conocemos como precedente aquellas experimentaciones en que las plantas crecían más sanas abonadas por la conversación humana. Podría hablarse, y de hecho se hace, con las paredes, ¿pero acaso una pared tiene mirada? Por eso, hablar con la mascota, además de una necesidad funcional para evitar la profusión de orines en el ámbito doméstico, es un ejercicio profiláctico (así sea simulado) de receptividad afectiva. ¿Cómo hablar con un ente incapaz de decodificar un código lingüístico? Pues con paciencia, imaginación y –ante todo– realismo. Una charla con su papagayo no le arreglará la vida. Pero, bien llevada, dicha plática puede funcionar como el necesario laxante que purgue la deposición emocional acumulada al interior de la persona humana.
He aquí el cómo:

1. Canis lupus familiaris. Tras más de catorce mil años de domesticación (léase golpe), el perro es la mascota que mejor escucha a su amo. Este triunfo de la violencia educativa es relativo. Escuchar no equivale a entender, como lo corrobora la nefasta institución matrimonial. La extrema sensibilidad auditiva del quiltro, sumada a la inculcada disposición para la servidumbre, puede generar la impresión de que no sólo escucha, sino que entiende. Siendo sinceros, lo único que entiende es que usted está por servirle su ración de camote sancochado. Acepte el quid pro quo y desfóguese con él sin miramientos.

2. Felis silvestris catus. Ni usted ni yo queremos perder el tiempo. Un gato tampoco. Al gato le interesa un comino lo que usted le diga. El gato era divinidad en Egipto y en esta reencarnación a usted le ha tocado en suerte como eunuco designado para velar por su confort. Para estos animales no existe jerarquía que valga y si parece prestar atención cuando usted le dirige la palabra es porque no tiene más remedio. Cuando lo haga aproveche la ocasión a plenitud y fíjese en la cara de lástima que le devolverá el felino.

3. Cricetinae. El hámster es una mascota con la cual uno se puede pasar horas conversando. La charla puede devenir en monotemática, pero al menos su punto focal de interés es uno universal a toda especie: el sexo. El fornicio duro y puro ocupa el noventa y cuatro por ciento de la actividad neurológica de este simpático roedor afín a los niños. El resto de su actividad cerebral se deriva hacia dormir, comer y ocuparse en sus necesidades fisiológicas. Estas mascotas son muy receptivas, por lo que tocarle temas lascivos o lujuriosos (baje las luces, ponga algo de música), los excitará irremediablemente. La sinergia con sus amos es prodigiosa: no se sorprenda si al cabo de una buena charla con su hámster usted se vea poseído de incontrolables deseos de practicar el coito de manera libre y salvaje, ajeno a restricciones culturales, morales o religiosas. Es decir, como una pequeña bestia.

4. Serinus canaria. Lo particular de una conversación con canarios es que por motivos de su necesaria cautividad éstos no tienen posibilidad de negarse a ella. Si bien debieran ser todo oídos, su condición canora a veces los hace acaparar la charla así no dominen el tema. Por eso los tópicos más convenientes para discutir con un canario suelen ser los mismos a los que se recurren ante una persona con la que se quisiera hablar lo menos posible: la meteorología o un programa de TV. Salvo especies muy específicas cuya hondura puede hacerlos caer en un asfixiante hermetismo (búho o lechuza), su conversación suele ser superficial y repetitiva.

5. Artemia salina. Entablar una conversación con un Sea Monkey es como hacerlo con un chicle.
Este crustáceo branquíopodo carece de conciencia de ser y –lo más importante– de órgano auditivo. Si lo ha intentado, reflexione y sométase a esta pregunta: ¿Por qué hago esto? Busque la respuesta en su silencio interior. Si no la encuentra, escríbame:
doctor.fritzberger@etiquetanegra.com. Lo mío es ayudar.

Fritz Berger Ch. (Etiqueta Negra N° 46)

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