EI pecado nació con las religiones, y sin un Dios que ofender no habría pecadores. La popular sentencia de Nietzsche, "Dios ha muerto", tiene un remate igual de ingenioso aunque menos célebre: "y los pecadores han muerto con él". Para una tercera parte de la población del mundo - los dos billones de adherentes que el cristianismo posee en todas sus versiones -, la frontera entre el bien o el mal es cometer un pecado. IN DEFENSE OF SIN (Editado por JohnPortmann, Palgrave Ediciones, St. Martin’s Press, New York 2001) prueba cuánto se equivocan. AI cerrar este libro, uno puede aprender a ser pecador sin más remordimientos, y, gracias a estos abogados del pecado, a romper ese espejo donde suele mirarse la moralidad. Después de leerlo, nunca más el deber a Dios será garantía suficiente para el buen vivir, y el pecado será obra y exclusividad del hombre contra el hombre.
Hay en los dieciséis ensayos que reúne esta obra apocalíptica de todo para susurrar a los oídos más santos y diabólicos. En su defensa del asesinato, por ejemplo, Jonathan Swift sugiere matar a los recién nacidos pobres con un año de vida para darlos de comer a los más necesitados. Con ello, al decir del escritor de GULLIVERS TRAVELS, no sólo se ayudaría a aliviar la pobreza en Irlanda (habría más comida y menos bocas que alimentar), sino que, además, se evitaría que en el futuro esos niños tuvieran que robar para vivir. En su defensa del engaño, Oscar Wilde nos recuerda que la mentira es el propósito del arte, un antídoto contra la grosera imperfección que rige a la naturaleza y la vida. ("El arte es nuestra protesta inspirada, nuestro intento galante de enseñarle a la naturaleza su lugar correcto"). Joyce Carol Oates sale en defensa de la desesperación y Séneca se despacha sobre el suicidio: "El hombre sabio vive tanto tiempo como debe, no como puede". Para este contemporáneo de Jesucristo, el suicidio es recomendable a la vida que se ha hundido sin remedio porque no se trata sólo de vivir, sino de vivir bien.
Esta guía ilustrada para pecadores es para leerla con tu pareja. En su defensa del adulterio, Richard Wasserstrom se pregunta qué sería de los cuernos matrimoniales si el sexo nada tuviera que hacer con el amor, si el sexo fuera entendido como placer y no como suele suceder: como la medida del amor que se tiene por otra persona. Disfrutar de una comida exquisita, ver una memorable película o tener una sabrosa conversación son placeres que compartimos con gente que a menudo no son nuestras parejas. El razonamiento es: ninguna de estas diversiones ofenden a su cónyuge porque son meros placeres. Entonces el sexo tomado por placer y no como medida del amor, el sexo por el sexo, tampoco debería ofender a nadie. Pero hay según Wasserstrom otra pregunta fundamental que suelen hacer los abogados del adulterio: ¿será cierto que sólo se puede amar a una persona? Hay padres de siete hijos que les dicen todo el tiempo que los aman a todos por igual. Si en ambos casos se trata de amor, ¿por qué es el primero inmoral y el segundo virtuoso?
Los defensores del adulterio pueden también hallar en este libro a otro aliado. En su defensa de la promiscuidad, Anthony Ellis argumenta que las relaciones sexuales no son distintas de nuestras relaciones laborales, deportivas o de toda calaña. Se piensa que el sexo promiscuo es malo porque únicamente se interesa en una parte de la persona - su cuerpo -, y que el hombre o la mujer se convierten en un medio y no en un fin. Ellis refuta esta idea preguntándose: ¿Acaso estamos interesados en saber todo sobre la otra persona? Nadie pensaría que mi amistad con fulana es perniciosa sólo porque incluye jugar al tenis y no fútbol. Es simple: queremos algunas cosas de los demás, pero otras no. Todos lo saben. Según Ellis, el sexo casual puede ser lo único que nos interese de otro ser humano, hombre o mujer, y eso nada tiene de malo.
Si esto ya te parece egoísta, debes leer cómo el doctor Freud hace añicos la esperanza bíblica de que ames al prójimo como a ti mismo. ¿Debería la víctima de una violación amar al violador como a sí misma? ¿Debieron los judíos en los campos de concentración amar a sus captores alemanes durante la guerra? Por lo obvio de estas respuestas, Freud sugiere cambiar la más conocida máxima de Cristo para decir, en vez de lo otro, "ama a tu prójimo como él te ama a ti" (p. 133). Es decir, queridos humillados y ofendidos, si les han hecho daño, no lo olviden. Menos perdonen. En su defensa de rehusarse a perdonar, David Novitz dice que las personas no deberían ser tan indulgentes como dicta el Padre Nuestro. Hay ocasiones en que simplemente no debemos perdonar a los que nos ofenden. Si haces lo contrario, no te tomas en serio y tienes un grave problema de autoestima. Si siempre subestimas lo que vales, nunca podrás alcanzar lo que quieres. ¿Debería acaso un padre perdonar al conductor ebrio que atropelló a su hijo? Para Novitz, el problema no es perdonar, sino el hecho de tener que perdonar siempre. Moraleja: saber perdonar es saber cuándo no perdonar.
Ahora, sólo ustedes deciden si me perdonan por haberles pasado el dato de IN DEFENSE OF SIN. Para los teólogos del cristianismo, el orgullo es el peor de los pecados capitales. Porque es en el orgullo donde el hombre se alucina Dios y cree que gobierna su propio destino. Para Jerome Neu, profeta de lo mundano, el orgullo es lo que nos hace competir con otros, mejorar y sentirnos bien (p. 167). Decía el filósofo Spinoza que el orgullo no es más que el amor hacia uno mismo. ¿Cómo podríamos no amarnos a nosotros mismos? ¿Acaso deseamos en algún momento que nos suceda algo malo? Neu concluye sin culpa que el orgullo eleva y enriquece nuestras vidas. También es un camino que enaltece a minorías enfrentadas con el rechazo y la discriminación del resto. De lo contrario, ¿qué sería hoy del movimiento gay o de las minorías étnicas sin pizca de orgullo? La Iglesia nos ruega ser cada vez más humildes. Yo pienso que nadie es en realidad más orgulloso que el propio Dios.
Si no debemos nada al Gran Padre, los hijos deberían saber que tampoco les deben la vida a sus padres biológicos. En su defensa contra honrar al padre y a la madre, Jane English, una filósofa que murió escalando la montaña Matterhorn de Los Alpes, dice que las deudas sólo tienen lugar entre extraños, pero nunca entre amigos. Si alguien pide un favor a un desconocido, lo seguro es que el segundo tenga que devolver el favor al primero si lo necesita (p. 38). Pero esta obligación, según English, no tiene lugar cuando se trata de personas unidas por sentimientos de mutuo afecto y cariño. Uno nunca hace algo por un amigo porque espera en el futuro una retribución exacta. Lo hace porque el otro es importante para él. Las relaciones de amistad no intercambian igual cantidad de sacrificio. Recuerden lo que dice English: el quinto mandamiento que obliga a honrar padre y madre no toma en cuenta de que los hijos no pidieron nacer. Si quieres a tus hijos, no les pidas que hagan por ti lo que tú hiciste por ellos. No les hagas pagar lo que no les corresponde. Si ellos te aprecian, lo harán sin dudar. Si no, mala suerte, papá y mamá.
Y basta de tanta discreción. En su defensa del chisme, Aaron Ben-Ze'ev nos salva de pensar que hacemos daño a otros hablando de su vida privada. Todo to contrario: le hacemos un bien. Para este autor de lengua floja, el chisme es un acto inofensivo - ligero a incluso relajante - cuyo único valor está en hablar por hablar y nunca en alcanzar otra cosa que no sea pura futilidad (p. 202). Con el chisme, captamos cosas del resto que nos ayuda a entenderlos mejor. Y ellos a nosotros. ¿No es el chisme otra manera de ser solidarios? Chismear nos relaja de las presiones diarias porque es tan banal. Si una pareja de psicólogos discute sobre el amorío de mi vecina no es un chisme: su diálogo no es intrascendente. Pero el nuestro sí es banal y, por tanto, terapia y chisme. ¿Qué daño puede hacer? Lo banal no tiene consecuencias. Además, sé honesto: ya es bastante halagador que otros se ocupen de hablar de ti.
Nietzsche, el más ácido crítico del cristianismo, solía decir que el pecado arruina a las personas dándoles nuevas razones para estar tristes. Pues, señoras y señores, se prohíbe estar triste. La travesura del editor John Portmann consiste en dar incentivos para pecar y buscar un mundo menos culposo. Ser blasfemo es también ser creativo y todos los autores de IN DEFENSE OF SIN lo son con argumentos, y no siempre falaces. En fin, no seré ese aguafiestas que les cuenta el final de la película, de modo que me reservo los argumentos para defender la idolatría, la blasfemia, la avaricia, la lujuria y la prostitución. Si algo hay que reprocharle a IN DEFENSE OF SIN son algunos textos sin dinamita que no merecían estar en esta hecatombe a favor del pecado. A pesar de su colección de ideas explosivas, no hay en sus páginas nombres más célebres que los difuntos Séneca, Freud, Nietzsche, Wilde y Swift. "Para enriquecer al hombre uno debe empobrecer a Dios" - gritó Feuerbach. Ese robo mutuo es el principio y fin de toda defensa profana.
César Escajadillo (Etiqueta Negra N°2)
martes, 23 de octubre de 2007
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