
martes, 23 de octubre de 2007
Guía para pecadores
EI pecado nació con las religiones, y sin un Dios que ofender no habría pecadores. La popular sentencia de Nietzsche, "Dios ha muerto", tiene un remate igual de ingenioso aunque menos célebre: "y los pecadores han muerto con él". Para una tercera parte de la población del mundo - los dos billones de adherentes que el cristianismo posee en todas sus versiones -, la frontera entre el bien o el mal es cometer un pecado. IN DEFENSE OF SIN (Editado por JohnPortmann, Palgrave Ediciones, St. Martin’s Press, New York 2001) prueba cuánto se equivocan. AI cerrar este libro, uno puede aprender a ser pecador sin más remordimientos, y, gracias a estos abogados del pecado, a romper ese espejo donde suele mirarse la moralidad. Después de leerlo, nunca más el deber a Dios será garantía suficiente para el buen vivir, y el pecado será obra y exclusividad del hombre contra el hombre.
Hay en los dieciséis ensayos que reúne esta obra apocalíptica de todo para susurrar a los oídos más santos y diabólicos. En su defensa del asesinato, por ejemplo, Jonathan Swift sugiere matar a los recién nacidos pobres con un año de vida para darlos de comer a los más necesitados. Con ello, al decir del escritor de GULLIVERS TRAVELS, no sólo se ayudaría a aliviar la pobreza en Irlanda (habría más comida y menos bocas que alimentar), sino que, además, se evitaría que en el futuro esos niños tuvieran que robar para vivir. En su defensa del engaño, Oscar Wilde nos recuerda que la mentira es el propósito del arte, un antídoto contra la grosera imperfección que rige a la naturaleza y la vida. ("El arte es nuestra protesta inspirada, nuestro intento galante de enseñarle a la naturaleza su lugar correcto"). Joyce Carol Oates sale en defensa de la desesperación y Séneca se despacha sobre el suicidio: "El hombre sabio vive tanto tiempo como debe, no como puede". Para este contemporáneo de Jesucristo, el suicidio es recomendable a la vida que se ha hundido sin remedio porque no se trata sólo de vivir, sino de vivir bien.
Esta guía ilustrada para pecadores es para leerla con tu pareja. En su defensa del adulterio, Richard Wasserstrom se pregunta qué sería de los cuernos matrimoniales si el sexo nada tuviera que hacer con el amor, si el sexo fuera entendido como placer y no como suele suceder: como la medida del amor que se tiene por otra persona. Disfrutar de una comida exquisita, ver una memorable película o tener una sabrosa conversación son placeres que compartimos con gente que a menudo no son nuestras parejas. El razonamiento es: ninguna de estas diversiones ofenden a su cónyuge porque son meros placeres. Entonces el sexo tomado por placer y no como medida del amor, el sexo por el sexo, tampoco debería ofender a nadie. Pero hay según Wasserstrom otra pregunta fundamental que suelen hacer los abogados del adulterio: ¿será cierto que sólo se puede amar a una persona? Hay padres de siete hijos que les dicen todo el tiempo que los aman a todos por igual. Si en ambos casos se trata de amor, ¿por qué es el primero inmoral y el segundo virtuoso?
Los defensores del adulterio pueden también hallar en este libro a otro aliado. En su defensa de la promiscuidad, Anthony Ellis argumenta que las relaciones sexuales no son distintas de nuestras relaciones laborales, deportivas o de toda calaña. Se piensa que el sexo promiscuo es malo porque únicamente se interesa en una parte de la persona - su cuerpo -, y que el hombre o la mujer se convierten en un medio y no en un fin. Ellis refuta esta idea preguntándose: ¿Acaso estamos interesados en saber todo sobre la otra persona? Nadie pensaría que mi amistad con fulana es perniciosa sólo porque incluye jugar al tenis y no fútbol. Es simple: queremos algunas cosas de los demás, pero otras no. Todos lo saben. Según Ellis, el sexo casual puede ser lo único que nos interese de otro ser humano, hombre o mujer, y eso nada tiene de malo.
Si esto ya te parece egoísta, debes leer cómo el doctor Freud hace añicos la esperanza bíblica de que ames al prójimo como a ti mismo. ¿Debería la víctima de una violación amar al violador como a sí misma? ¿Debieron los judíos en los campos de concentración amar a sus captores alemanes durante la guerra? Por lo obvio de estas respuestas, Freud sugiere cambiar la más conocida máxima de Cristo para decir, en vez de lo otro, "ama a tu prójimo como él te ama a ti" (p. 133). Es decir, queridos humillados y ofendidos, si les han hecho daño, no lo olviden. Menos perdonen. En su defensa de rehusarse a perdonar, David Novitz dice que las personas no deberían ser tan indulgentes como dicta el Padre Nuestro. Hay ocasiones en que simplemente no debemos perdonar a los que nos ofenden. Si haces lo contrario, no te tomas en serio y tienes un grave problema de autoestima. Si siempre subestimas lo que vales, nunca podrás alcanzar lo que quieres. ¿Debería acaso un padre perdonar al conductor ebrio que atropelló a su hijo? Para Novitz, el problema no es perdonar, sino el hecho de tener que perdonar siempre. Moraleja: saber perdonar es saber cuándo no perdonar.
Ahora, sólo ustedes deciden si me perdonan por haberles pasado el dato de IN DEFENSE OF SIN. Para los teólogos del cristianismo, el orgullo es el peor de los pecados capitales. Porque es en el orgullo donde el hombre se alucina Dios y cree que gobierna su propio destino. Para Jerome Neu, profeta de lo mundano, el orgullo es lo que nos hace competir con otros, mejorar y sentirnos bien (p. 167). Decía el filósofo Spinoza que el orgullo no es más que el amor hacia uno mismo. ¿Cómo podríamos no amarnos a nosotros mismos? ¿Acaso deseamos en algún momento que nos suceda algo malo? Neu concluye sin culpa que el orgullo eleva y enriquece nuestras vidas. También es un camino que enaltece a minorías enfrentadas con el rechazo y la discriminación del resto. De lo contrario, ¿qué sería hoy del movimiento gay o de las minorías étnicas sin pizca de orgullo? La Iglesia nos ruega ser cada vez más humildes. Yo pienso que nadie es en realidad más orgulloso que el propio Dios.
Si no debemos nada al Gran Padre, los hijos deberían saber que tampoco les deben la vida a sus padres biológicos. En su defensa contra honrar al padre y a la madre, Jane English, una filósofa que murió escalando la montaña Matterhorn de Los Alpes, dice que las deudas sólo tienen lugar entre extraños, pero nunca entre amigos. Si alguien pide un favor a un desconocido, lo seguro es que el segundo tenga que devolver el favor al primero si lo necesita (p. 38). Pero esta obligación, según English, no tiene lugar cuando se trata de personas unidas por sentimientos de mutuo afecto y cariño. Uno nunca hace algo por un amigo porque espera en el futuro una retribución exacta. Lo hace porque el otro es importante para él. Las relaciones de amistad no intercambian igual cantidad de sacrificio. Recuerden lo que dice English: el quinto mandamiento que obliga a honrar padre y madre no toma en cuenta de que los hijos no pidieron nacer. Si quieres a tus hijos, no les pidas que hagan por ti lo que tú hiciste por ellos. No les hagas pagar lo que no les corresponde. Si ellos te aprecian, lo harán sin dudar. Si no, mala suerte, papá y mamá.
Y basta de tanta discreción. En su defensa del chisme, Aaron Ben-Ze'ev nos salva de pensar que hacemos daño a otros hablando de su vida privada. Todo to contrario: le hacemos un bien. Para este autor de lengua floja, el chisme es un acto inofensivo - ligero a incluso relajante - cuyo único valor está en hablar por hablar y nunca en alcanzar otra cosa que no sea pura futilidad (p. 202). Con el chisme, captamos cosas del resto que nos ayuda a entenderlos mejor. Y ellos a nosotros. ¿No es el chisme otra manera de ser solidarios? Chismear nos relaja de las presiones diarias porque es tan banal. Si una pareja de psicólogos discute sobre el amorío de mi vecina no es un chisme: su diálogo no es intrascendente. Pero el nuestro sí es banal y, por tanto, terapia y chisme. ¿Qué daño puede hacer? Lo banal no tiene consecuencias. Además, sé honesto: ya es bastante halagador que otros se ocupen de hablar de ti.
Nietzsche, el más ácido crítico del cristianismo, solía decir que el pecado arruina a las personas dándoles nuevas razones para estar tristes. Pues, señoras y señores, se prohíbe estar triste. La travesura del editor John Portmann consiste en dar incentivos para pecar y buscar un mundo menos culposo. Ser blasfemo es también ser creativo y todos los autores de IN DEFENSE OF SIN lo son con argumentos, y no siempre falaces. En fin, no seré ese aguafiestas que les cuenta el final de la película, de modo que me reservo los argumentos para defender la idolatría, la blasfemia, la avaricia, la lujuria y la prostitución. Si algo hay que reprocharle a IN DEFENSE OF SIN son algunos textos sin dinamita que no merecían estar en esta hecatombe a favor del pecado. A pesar de su colección de ideas explosivas, no hay en sus páginas nombres más célebres que los difuntos Séneca, Freud, Nietzsche, Wilde y Swift. "Para enriquecer al hombre uno debe empobrecer a Dios" - gritó Feuerbach. Ese robo mutuo es el principio y fin de toda defensa profana.
César Escajadillo (Etiqueta Negra N°2)
Hay en los dieciséis ensayos que reúne esta obra apocalíptica de todo para susurrar a los oídos más santos y diabólicos. En su defensa del asesinato, por ejemplo, Jonathan Swift sugiere matar a los recién nacidos pobres con un año de vida para darlos de comer a los más necesitados. Con ello, al decir del escritor de GULLIVERS TRAVELS, no sólo se ayudaría a aliviar la pobreza en Irlanda (habría más comida y menos bocas que alimentar), sino que, además, se evitaría que en el futuro esos niños tuvieran que robar para vivir. En su defensa del engaño, Oscar Wilde nos recuerda que la mentira es el propósito del arte, un antídoto contra la grosera imperfección que rige a la naturaleza y la vida. ("El arte es nuestra protesta inspirada, nuestro intento galante de enseñarle a la naturaleza su lugar correcto"). Joyce Carol Oates sale en defensa de la desesperación y Séneca se despacha sobre el suicidio: "El hombre sabio vive tanto tiempo como debe, no como puede". Para este contemporáneo de Jesucristo, el suicidio es recomendable a la vida que se ha hundido sin remedio porque no se trata sólo de vivir, sino de vivir bien.
Esta guía ilustrada para pecadores es para leerla con tu pareja. En su defensa del adulterio, Richard Wasserstrom se pregunta qué sería de los cuernos matrimoniales si el sexo nada tuviera que hacer con el amor, si el sexo fuera entendido como placer y no como suele suceder: como la medida del amor que se tiene por otra persona. Disfrutar de una comida exquisita, ver una memorable película o tener una sabrosa conversación son placeres que compartimos con gente que a menudo no son nuestras parejas. El razonamiento es: ninguna de estas diversiones ofenden a su cónyuge porque son meros placeres. Entonces el sexo tomado por placer y no como medida del amor, el sexo por el sexo, tampoco debería ofender a nadie. Pero hay según Wasserstrom otra pregunta fundamental que suelen hacer los abogados del adulterio: ¿será cierto que sólo se puede amar a una persona? Hay padres de siete hijos que les dicen todo el tiempo que los aman a todos por igual. Si en ambos casos se trata de amor, ¿por qué es el primero inmoral y el segundo virtuoso?
Los defensores del adulterio pueden también hallar en este libro a otro aliado. En su defensa de la promiscuidad, Anthony Ellis argumenta que las relaciones sexuales no son distintas de nuestras relaciones laborales, deportivas o de toda calaña. Se piensa que el sexo promiscuo es malo porque únicamente se interesa en una parte de la persona - su cuerpo -, y que el hombre o la mujer se convierten en un medio y no en un fin. Ellis refuta esta idea preguntándose: ¿Acaso estamos interesados en saber todo sobre la otra persona? Nadie pensaría que mi amistad con fulana es perniciosa sólo porque incluye jugar al tenis y no fútbol. Es simple: queremos algunas cosas de los demás, pero otras no. Todos lo saben. Según Ellis, el sexo casual puede ser lo único que nos interese de otro ser humano, hombre o mujer, y eso nada tiene de malo.
Si esto ya te parece egoísta, debes leer cómo el doctor Freud hace añicos la esperanza bíblica de que ames al prójimo como a ti mismo. ¿Debería la víctima de una violación amar al violador como a sí misma? ¿Debieron los judíos en los campos de concentración amar a sus captores alemanes durante la guerra? Por lo obvio de estas respuestas, Freud sugiere cambiar la más conocida máxima de Cristo para decir, en vez de lo otro, "ama a tu prójimo como él te ama a ti" (p. 133). Es decir, queridos humillados y ofendidos, si les han hecho daño, no lo olviden. Menos perdonen. En su defensa de rehusarse a perdonar, David Novitz dice que las personas no deberían ser tan indulgentes como dicta el Padre Nuestro. Hay ocasiones en que simplemente no debemos perdonar a los que nos ofenden. Si haces lo contrario, no te tomas en serio y tienes un grave problema de autoestima. Si siempre subestimas lo que vales, nunca podrás alcanzar lo que quieres. ¿Debería acaso un padre perdonar al conductor ebrio que atropelló a su hijo? Para Novitz, el problema no es perdonar, sino el hecho de tener que perdonar siempre. Moraleja: saber perdonar es saber cuándo no perdonar.
Ahora, sólo ustedes deciden si me perdonan por haberles pasado el dato de IN DEFENSE OF SIN. Para los teólogos del cristianismo, el orgullo es el peor de los pecados capitales. Porque es en el orgullo donde el hombre se alucina Dios y cree que gobierna su propio destino. Para Jerome Neu, profeta de lo mundano, el orgullo es lo que nos hace competir con otros, mejorar y sentirnos bien (p. 167). Decía el filósofo Spinoza que el orgullo no es más que el amor hacia uno mismo. ¿Cómo podríamos no amarnos a nosotros mismos? ¿Acaso deseamos en algún momento que nos suceda algo malo? Neu concluye sin culpa que el orgullo eleva y enriquece nuestras vidas. También es un camino que enaltece a minorías enfrentadas con el rechazo y la discriminación del resto. De lo contrario, ¿qué sería hoy del movimiento gay o de las minorías étnicas sin pizca de orgullo? La Iglesia nos ruega ser cada vez más humildes. Yo pienso que nadie es en realidad más orgulloso que el propio Dios.
Si no debemos nada al Gran Padre, los hijos deberían saber que tampoco les deben la vida a sus padres biológicos. En su defensa contra honrar al padre y a la madre, Jane English, una filósofa que murió escalando la montaña Matterhorn de Los Alpes, dice que las deudas sólo tienen lugar entre extraños, pero nunca entre amigos. Si alguien pide un favor a un desconocido, lo seguro es que el segundo tenga que devolver el favor al primero si lo necesita (p. 38). Pero esta obligación, según English, no tiene lugar cuando se trata de personas unidas por sentimientos de mutuo afecto y cariño. Uno nunca hace algo por un amigo porque espera en el futuro una retribución exacta. Lo hace porque el otro es importante para él. Las relaciones de amistad no intercambian igual cantidad de sacrificio. Recuerden lo que dice English: el quinto mandamiento que obliga a honrar padre y madre no toma en cuenta de que los hijos no pidieron nacer. Si quieres a tus hijos, no les pidas que hagan por ti lo que tú hiciste por ellos. No les hagas pagar lo que no les corresponde. Si ellos te aprecian, lo harán sin dudar. Si no, mala suerte, papá y mamá.
Y basta de tanta discreción. En su defensa del chisme, Aaron Ben-Ze'ev nos salva de pensar que hacemos daño a otros hablando de su vida privada. Todo to contrario: le hacemos un bien. Para este autor de lengua floja, el chisme es un acto inofensivo - ligero a incluso relajante - cuyo único valor está en hablar por hablar y nunca en alcanzar otra cosa que no sea pura futilidad (p. 202). Con el chisme, captamos cosas del resto que nos ayuda a entenderlos mejor. Y ellos a nosotros. ¿No es el chisme otra manera de ser solidarios? Chismear nos relaja de las presiones diarias porque es tan banal. Si una pareja de psicólogos discute sobre el amorío de mi vecina no es un chisme: su diálogo no es intrascendente. Pero el nuestro sí es banal y, por tanto, terapia y chisme. ¿Qué daño puede hacer? Lo banal no tiene consecuencias. Además, sé honesto: ya es bastante halagador que otros se ocupen de hablar de ti.
Nietzsche, el más ácido crítico del cristianismo, solía decir que el pecado arruina a las personas dándoles nuevas razones para estar tristes. Pues, señoras y señores, se prohíbe estar triste. La travesura del editor John Portmann consiste en dar incentivos para pecar y buscar un mundo menos culposo. Ser blasfemo es también ser creativo y todos los autores de IN DEFENSE OF SIN lo son con argumentos, y no siempre falaces. En fin, no seré ese aguafiestas que les cuenta el final de la película, de modo que me reservo los argumentos para defender la idolatría, la blasfemia, la avaricia, la lujuria y la prostitución. Si algo hay que reprocharle a IN DEFENSE OF SIN son algunos textos sin dinamita que no merecían estar en esta hecatombe a favor del pecado. A pesar de su colección de ideas explosivas, no hay en sus páginas nombres más célebres que los difuntos Séneca, Freud, Nietzsche, Wilde y Swift. "Para enriquecer al hombre uno debe empobrecer a Dios" - gritó Feuerbach. Ese robo mutuo es el principio y fin de toda defensa profana.
César Escajadillo (Etiqueta Negra N°2)
lunes, 22 de octubre de 2007
VIVIR PARA CONTARLA Por Gabriel García Marquez
Recuerdo su nombre y apellidos, pero prefiero llamarla como entonces: Nigromanta. Iba a cumplir veinte años en Navidad, y tenía un perfil abisinio y una piel de cacao. Era de cama alegre y orgasmos pedregosos y atribulados, y un instinto para el amor que no parecía de ser humano sino de río revuelto.
Desde el primer asalto nos volvimos locos en la cama. Su marido - como Juan Breva - tenía cuerpo de gigante y voz de niña: Había sido oficial de orden público en el sur del país, y arrastraba la mala fama de matar liberales sólo por no perder la puntería. Vivían en un cuarto dividido por un cancel de cartón, con una puerta a la calle y otra hacia el cementerio. Los vecinos se quejaban de que ella perturbaba la paz de los muertos con sus aullidos de perra feliz, pero cuanto más fuerte aullaba más felices debían estar los muertos de ser perturbados por ella.
En la primera semana tuve qué escaparme del cuarto a las cuatro de la madrugada, porque nos equivocamos de fecha y el oficial podía llegar en cualquier momento. Salí por el portón del cementerio a través de los fuegos fatuos y los ladridos de los perros necrófilos. En el segundo puente del caño vi venir un bulto descomunal que no reconocí hasta que nos cruzamos. Era el sargento en persona, que me habría encontrado en su casa si me hubiera demorado cinco minutos más.
- Buenos días, blanéó - me dijo con un tono cordial.
Yo le contesté sin convicción: Dios lo guarde, sargento.
Entonces se detuvo para pedirme fuego. Se lo di, muy cerca de él, para proteger el fósforo del viento del amanecer. Cuando se apartó con el cigarrillo encendido, me dijo de buen talante: Llevas un olor a puta que no puedes con él. El susto me duró menos de lo que yo esperaba, pues el miércoles siguiente volví a quedarme dormido y cuando abrí los ojos me encontré con el rival vulnerado que me contemplaba en silencio desde los pies de la cama. Mi terror fue tan intenso que me costó trabajo seguir respirando. Ella, también desnuda, trató de interponerse, pero el marido la apartó con el cañón del revólver.
- Tú no te metas - le dijo -. Las vainas de cama se arreglan con plomo.
Puso el revólver sobre la mesa, destapó una botella de ron de caña, la puso junto al revólver y nos sentamos frente a frente a beber sin hablar. No podía imaginarme lo que iba a hacer, pero pensé que si quería matarme lo habría hecho sin tantos rodeos. Poco después apareció Nigromanta envuelta en una sábana y con ínfulas de fiesta, pero él la apuntó con el revólver.
- Esto es una vaina de hombres - le dijo.
Ella dio un salto, y se escondió detrás del cancel.
Habíamos terminado la primera botella cuando se desplomó el diluvio. Él destapó entonces la segunda, se apoyó el cañón en la sien y me miró muy fijo con unos ojos helados. Entonces apretó el gatillo a fondo, pero martilló en seco. Apenas si podía controlar el temblor de la mano cuando me dio el revólver.-Te toca a ti me dijo.
Era la primera vez que tenía un revólver en la mano y me sorprendió que fuera tan pesado y caliente. No supe qué hacer. Estaba empapado de un sudor glacial y el vientre pleno de una espuma ardiente. Quise decir algo pero no me salió la voz. No se me ocurrió dispararle, sino que le devolví el revólver sin darme cuenta de que era mi única oportunidad.
- Qué, ¿te cagaste? - preguntó él con un desprecio feliz -. Podías haberlo pensado antes de venir.
Pude decirle que también los machos se cagan, pero me di cuenta de que me faltaban huevos para bromas fatales. Entonces - abrió el tambor del revólver, sacó la única cápsula y la tiró en la mesa: estaba vacía. Mi sentimiento no fue de alivio sino de una terrible humillación.
El aguacero perdió fuerza antes de la cuatro. Ambos estábamos tan agotados por la tensión, que no recuerdo en qué momento me dio la orden de vestirme, y obedecí con una cierta solemnidad de duelo. Sólo cuando volvió a sentarse me di cuenta que era él quien estaba llorando. A mares y sin pudor, y casi como alardeando de sus lágrimas. Al final se las secó con el dorso de la mano, se sopló la nariz con los dedos y se levantó.
- ¿Sabes por qué te vas tan vivo? - me preguntó. Y se contestó a si mismo - : Porque tu papá fue el único que pudo curarme una gonorrea de perro viejo con la que nadie había podido en tres años.
Me dio una palmada de hombre en la espalda, y me empujó a la calle. La lluvia seguía, y el pueblo estaba enchumbado, de modo que me fui por el arroyó con el agua a las rodillas, y con el estupor de estar vivo.
No sé cómo supo mi madre del altercado, pero en los días siguientes emprendió una campaña obstinada para que no saliera de casa en la noche.
Mientras tanto, me trataba como habría tratado a papá, con recursos de distracción que no servían de mucho. Buscaba signos de que me había quitado la ropa fuera de casa, descubría rastros de perfumes donde nos los había, me preparaba comidas difíciles antes de que saliera a la calle por la superstición popular de que ni su esposo ni sus hijos nos atreveríamos a hacer el amor en el soponcio de la digestión. Por fin, una noche en que no tuvo más pretextos para retenerme, se sentó frente a mí y me dijo: Andan diciendo que estás enredado con la mujer de un policía y él ha jurado que te pegará un tiro.
Logré convencerla de que no era cierto, pero el rumor persistió. Nigromanta me mandaba razones de que estaba sola, de que su hombre andaba en comisión, de que hacía tiempo lo había perdido de vista. Siempre hice lo posible para no encontrarme con él, pero se apresuraba a saludarme a distancia con una señal que lo mismo podía ser de reconciliación que de amenaza. En las vacaciones del año siguiente lo vi por última vez, una noche de fandango en que me ofreció un trago de ron bruto que no me atreví a rechazar.
(...)No sé por qué artes de ilusionismo los maestros y condiscípulos que me habían visto siempre como un estudiante retraído empezaron a verme en el quinto año como a un poeta maldito heredero del ambiente informal que prosperó en la época de Carlos Martín. ¿No sería para parecerme más a esa imagen por lo que empecé a fumar en el liceo a los quince años? El primer golpe fue tremendo. Pasé media. noche agonizando sobre mis vómitos en el piso del baño. Amanecí exhausto, pero la resaca del tabaco, en vez de repugnarme, me provocó unos deseos irresistibles de seguir fumando. Así empecé mi vida de tabaquista empedernido, hasta el extremo de no poder pensar una frase si no era con la boca llena de humo. En él liceo sólo estaba permitido fumar en los recreos, pero yo pedía permiso para ir a los orinales dos y tres veces en cada clase, sólo por matar las ansias. Así llegué a tres cajetillas de veinte cigarrillos al día, y pasaba de cuatro según el fragor de la noche. En una época, ya fuera del colegio, creí enloquecer por la resequedad de la garganta y el dolor de los huesos. Decidí abandonarlo pero no resistí más de dos días de ansiedad.
No sé sí fue eso mismo lo que me soltó la mano en la prosa con las tareas cada vez más atrevidas del profesor Calderón, y con los libros de teoría literaria que casi me obligaba a leer. Hoy, repasando mi vida, recuerdo que mi concepción del cuento era primaria a pesar de los muchos que había leído desde mi primer asombro con Las mil y una noches. Hasta me atreví a pensar que los prodigios que contaba Scherezada sucedían de veras en la vida cotidiana de su tiempo, y dejaron de suceder por la incredulidad y la cobardía realista de las generaciones siguientes. Por lo mismo, me parecía imposible que alguien de nuestros tiempos volviera a creer que se podía volar sobre ciudades y montañas a bordo de una estera, o que un esclavo de Cartagena de Indias viviera castigado doscientos años dentro de una botella, a menos que el autor del cuento fuera capaz de hacerlo creer a sus lectores.
Me hastiaban las clases, salvo las de literatura – que aprendía de memoria – y tenía en ellas un protagonismo único. Aburrido de estudiar, dejaba todo a merced de la buena suerte. Tenía un instinto propio para presentir los puntos álgidos de cada materia, y casi adivinar los que más interesaban a los maestros para no estudiar el resto. La realidad es que no entendía por qué debía sacrificar ingenio y tiempo en materias que no me conmovían y por lo mismo no iban a servirme de nada en una vida que no era mía.
Me he atrevido a pensar que la mayoría de mis maestros me calificaban más bien por mi modo de ser que por mis exámenes. Me salvaban mis respuestas imprevistas, mis ocurrencias dementes, mis invenciones irracionales. Sin embargo, cuando terminé el quinto año, con sobresaltos académicos que no me sentía capaz de superar, tomé conciencia de mis límites. El bachillerato había sido hasta entonces un camino empedrado de milagros, pero el corazón me advertía que al final del quinto me esperaba una muralla infranqueable. La verdad sin adornos era que me faltaban ya la voluntad, la vocación, el orden, la plata y la ortografía para embarcarme en una camera académica. Mejor dicho: los años volaban y no tenía ni la mínima idea de lo que iba a hacer de mi vida, pues había de pasar todavía mucho tiempo antes de darme cuenta de que aun ese estado de derrota era propicio, porque no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor.
Tomado de la edición digital del diario El Universal Digital, México.
Desde el primer asalto nos volvimos locos en la cama. Su marido - como Juan Breva - tenía cuerpo de gigante y voz de niña: Había sido oficial de orden público en el sur del país, y arrastraba la mala fama de matar liberales sólo por no perder la puntería. Vivían en un cuarto dividido por un cancel de cartón, con una puerta a la calle y otra hacia el cementerio. Los vecinos se quejaban de que ella perturbaba la paz de los muertos con sus aullidos de perra feliz, pero cuanto más fuerte aullaba más felices debían estar los muertos de ser perturbados por ella.
En la primera semana tuve qué escaparme del cuarto a las cuatro de la madrugada, porque nos equivocamos de fecha y el oficial podía llegar en cualquier momento. Salí por el portón del cementerio a través de los fuegos fatuos y los ladridos de los perros necrófilos. En el segundo puente del caño vi venir un bulto descomunal que no reconocí hasta que nos cruzamos. Era el sargento en persona, que me habría encontrado en su casa si me hubiera demorado cinco minutos más.
- Buenos días, blanéó - me dijo con un tono cordial.
Yo le contesté sin convicción: Dios lo guarde, sargento.
Entonces se detuvo para pedirme fuego. Se lo di, muy cerca de él, para proteger el fósforo del viento del amanecer. Cuando se apartó con el cigarrillo encendido, me dijo de buen talante: Llevas un olor a puta que no puedes con él. El susto me duró menos de lo que yo esperaba, pues el miércoles siguiente volví a quedarme dormido y cuando abrí los ojos me encontré con el rival vulnerado que me contemplaba en silencio desde los pies de la cama. Mi terror fue tan intenso que me costó trabajo seguir respirando. Ella, también desnuda, trató de interponerse, pero el marido la apartó con el cañón del revólver.
- Tú no te metas - le dijo -. Las vainas de cama se arreglan con plomo.
Puso el revólver sobre la mesa, destapó una botella de ron de caña, la puso junto al revólver y nos sentamos frente a frente a beber sin hablar. No podía imaginarme lo que iba a hacer, pero pensé que si quería matarme lo habría hecho sin tantos rodeos. Poco después apareció Nigromanta envuelta en una sábana y con ínfulas de fiesta, pero él la apuntó con el revólver.
- Esto es una vaina de hombres - le dijo.
Ella dio un salto, y se escondió detrás del cancel.
Habíamos terminado la primera botella cuando se desplomó el diluvio. Él destapó entonces la segunda, se apoyó el cañón en la sien y me miró muy fijo con unos ojos helados. Entonces apretó el gatillo a fondo, pero martilló en seco. Apenas si podía controlar el temblor de la mano cuando me dio el revólver.-Te toca a ti me dijo.
Era la primera vez que tenía un revólver en la mano y me sorprendió que fuera tan pesado y caliente. No supe qué hacer. Estaba empapado de un sudor glacial y el vientre pleno de una espuma ardiente. Quise decir algo pero no me salió la voz. No se me ocurrió dispararle, sino que le devolví el revólver sin darme cuenta de que era mi única oportunidad.
- Qué, ¿te cagaste? - preguntó él con un desprecio feliz -. Podías haberlo pensado antes de venir.
Pude decirle que también los machos se cagan, pero me di cuenta de que me faltaban huevos para bromas fatales. Entonces - abrió el tambor del revólver, sacó la única cápsula y la tiró en la mesa: estaba vacía. Mi sentimiento no fue de alivio sino de una terrible humillación.
El aguacero perdió fuerza antes de la cuatro. Ambos estábamos tan agotados por la tensión, que no recuerdo en qué momento me dio la orden de vestirme, y obedecí con una cierta solemnidad de duelo. Sólo cuando volvió a sentarse me di cuenta que era él quien estaba llorando. A mares y sin pudor, y casi como alardeando de sus lágrimas. Al final se las secó con el dorso de la mano, se sopló la nariz con los dedos y se levantó.
- ¿Sabes por qué te vas tan vivo? - me preguntó. Y se contestó a si mismo - : Porque tu papá fue el único que pudo curarme una gonorrea de perro viejo con la que nadie había podido en tres años.
Me dio una palmada de hombre en la espalda, y me empujó a la calle. La lluvia seguía, y el pueblo estaba enchumbado, de modo que me fui por el arroyó con el agua a las rodillas, y con el estupor de estar vivo.
No sé cómo supo mi madre del altercado, pero en los días siguientes emprendió una campaña obstinada para que no saliera de casa en la noche.
Mientras tanto, me trataba como habría tratado a papá, con recursos de distracción que no servían de mucho. Buscaba signos de que me había quitado la ropa fuera de casa, descubría rastros de perfumes donde nos los había, me preparaba comidas difíciles antes de que saliera a la calle por la superstición popular de que ni su esposo ni sus hijos nos atreveríamos a hacer el amor en el soponcio de la digestión. Por fin, una noche en que no tuvo más pretextos para retenerme, se sentó frente a mí y me dijo: Andan diciendo que estás enredado con la mujer de un policía y él ha jurado que te pegará un tiro.
Logré convencerla de que no era cierto, pero el rumor persistió. Nigromanta me mandaba razones de que estaba sola, de que su hombre andaba en comisión, de que hacía tiempo lo había perdido de vista. Siempre hice lo posible para no encontrarme con él, pero se apresuraba a saludarme a distancia con una señal que lo mismo podía ser de reconciliación que de amenaza. En las vacaciones del año siguiente lo vi por última vez, una noche de fandango en que me ofreció un trago de ron bruto que no me atreví a rechazar.
(...)No sé por qué artes de ilusionismo los maestros y condiscípulos que me habían visto siempre como un estudiante retraído empezaron a verme en el quinto año como a un poeta maldito heredero del ambiente informal que prosperó en la época de Carlos Martín. ¿No sería para parecerme más a esa imagen por lo que empecé a fumar en el liceo a los quince años? El primer golpe fue tremendo. Pasé media. noche agonizando sobre mis vómitos en el piso del baño. Amanecí exhausto, pero la resaca del tabaco, en vez de repugnarme, me provocó unos deseos irresistibles de seguir fumando. Así empecé mi vida de tabaquista empedernido, hasta el extremo de no poder pensar una frase si no era con la boca llena de humo. En él liceo sólo estaba permitido fumar en los recreos, pero yo pedía permiso para ir a los orinales dos y tres veces en cada clase, sólo por matar las ansias. Así llegué a tres cajetillas de veinte cigarrillos al día, y pasaba de cuatro según el fragor de la noche. En una época, ya fuera del colegio, creí enloquecer por la resequedad de la garganta y el dolor de los huesos. Decidí abandonarlo pero no resistí más de dos días de ansiedad.
No sé sí fue eso mismo lo que me soltó la mano en la prosa con las tareas cada vez más atrevidas del profesor Calderón, y con los libros de teoría literaria que casi me obligaba a leer. Hoy, repasando mi vida, recuerdo que mi concepción del cuento era primaria a pesar de los muchos que había leído desde mi primer asombro con Las mil y una noches. Hasta me atreví a pensar que los prodigios que contaba Scherezada sucedían de veras en la vida cotidiana de su tiempo, y dejaron de suceder por la incredulidad y la cobardía realista de las generaciones siguientes. Por lo mismo, me parecía imposible que alguien de nuestros tiempos volviera a creer que se podía volar sobre ciudades y montañas a bordo de una estera, o que un esclavo de Cartagena de Indias viviera castigado doscientos años dentro de una botella, a menos que el autor del cuento fuera capaz de hacerlo creer a sus lectores.
Me hastiaban las clases, salvo las de literatura – que aprendía de memoria – y tenía en ellas un protagonismo único. Aburrido de estudiar, dejaba todo a merced de la buena suerte. Tenía un instinto propio para presentir los puntos álgidos de cada materia, y casi adivinar los que más interesaban a los maestros para no estudiar el resto. La realidad es que no entendía por qué debía sacrificar ingenio y tiempo en materias que no me conmovían y por lo mismo no iban a servirme de nada en una vida que no era mía.
Me he atrevido a pensar que la mayoría de mis maestros me calificaban más bien por mi modo de ser que por mis exámenes. Me salvaban mis respuestas imprevistas, mis ocurrencias dementes, mis invenciones irracionales. Sin embargo, cuando terminé el quinto año, con sobresaltos académicos que no me sentía capaz de superar, tomé conciencia de mis límites. El bachillerato había sido hasta entonces un camino empedrado de milagros, pero el corazón me advertía que al final del quinto me esperaba una muralla infranqueable. La verdad sin adornos era que me faltaban ya la voluntad, la vocación, el orden, la plata y la ortografía para embarcarme en una camera académica. Mejor dicho: los años volaban y no tenía ni la mínima idea de lo que iba a hacer de mi vida, pues había de pasar todavía mucho tiempo antes de darme cuenta de que aun ese estado de derrota era propicio, porque no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor.
Tomado de la edición digital del diario El Universal Digital, México.
domingo, 21 de octubre de 2007
Manual para conversar con su mascota
La conversación es un arte en estampida. La horda de analfabetos funcionales con la que el hombre educado ha de vincularse en el día a día así lo establece. Cualquier esfuerzo por cultivar un bosque verbal en común deviene en páramo sombrío e inhabitable. Ésta es la principal razón por la que en los vernissages sólo me dedico a beber en moderación y a observar la conducta ajena. No socializo, soy un profesional. Pero la naturaleza es sabia. Como sucedáneo del escaso congénere interesante nos ofrece una alternativa asaz estimulante: los animales. Conocemos como precedente aquellas experimentaciones en que las plantas crecían más sanas abonadas por la conversación humana. Podría hablarse, y de hecho se hace, con las paredes, ¿pero acaso una pared tiene mirada? Por eso, hablar con la mascota, además de una necesidad funcional para evitar la profusión de orines en el ámbito doméstico, es un ejercicio profiláctico (así sea simulado) de receptividad afectiva. ¿Cómo hablar con un ente incapaz de decodificar un código lingüístico? Pues con paciencia, imaginación y –ante todo– realismo. Una charla con su papagayo no le arreglará la vida. Pero, bien llevada, dicha plática puede funcionar como el necesario laxante que purgue la deposición emocional acumulada al interior de la persona humana.
He aquí el cómo:
1. Canis lupus familiaris. Tras más de catorce mil años de domesticación (léase golpe), el perro es la mascota que mejor escucha a su amo. Este triunfo de la violencia educativa es relativo. Escuchar no equivale a entender, como lo corrobora la nefasta institución matrimonial. La extrema sensibilidad auditiva del quiltro, sumada a la inculcada disposición para la servidumbre, puede generar la impresión de que no sólo escucha, sino que entiende. Siendo sinceros, lo único que entiende es que usted está por servirle su ración de camote sancochado. Acepte el quid pro quo y desfóguese con él sin miramientos.
2. Felis silvestris catus. Ni usted ni yo queremos perder el tiempo. Un gato tampoco. Al gato le interesa un comino lo que usted le diga. El gato era divinidad en Egipto y en esta reencarnación a usted le ha tocado en suerte como eunuco designado para velar por su confort. Para estos animales no existe jerarquía que valga y si parece prestar atención cuando usted le dirige la palabra es porque no tiene más remedio. Cuando lo haga aproveche la ocasión a plenitud y fíjese en la cara de lástima que le devolverá el felino.
3. Cricetinae. El hámster es una mascota con la cual uno se puede pasar horas conversando. La charla puede devenir en monotemática, pero al menos su punto focal de interés es uno universal a toda especie: el sexo. El fornicio duro y puro ocupa el noventa y cuatro por ciento de la actividad neurológica de este simpático roedor afín a los niños. El resto de su actividad cerebral se deriva hacia dormir, comer y ocuparse en sus necesidades fisiológicas. Estas mascotas son muy receptivas, por lo que tocarle temas lascivos o lujuriosos (baje las luces, ponga algo de música), los excitará irremediablemente. La sinergia con sus amos es prodigiosa: no se sorprenda si al cabo de una buena charla con su hámster usted se vea poseído de incontrolables deseos de practicar el coito de manera libre y salvaje, ajeno a restricciones culturales, morales o religiosas. Es decir, como una pequeña bestia.
4. Serinus canaria. Lo particular de una conversación con canarios es que por motivos de su necesaria cautividad éstos no tienen posibilidad de negarse a ella. Si bien debieran ser todo oídos, su condición canora a veces los hace acaparar la charla así no dominen el tema. Por eso los tópicos más convenientes para discutir con un canario suelen ser los mismos a los que se recurren ante una persona con la que se quisiera hablar lo menos posible: la meteorología o un programa de TV. Salvo especies muy específicas cuya hondura puede hacerlos caer en un asfixiante hermetismo (búho o lechuza), su conversación suele ser superficial y repetitiva.
5. Artemia salina. Entablar una conversación con un Sea Monkey es como hacerlo con un chicle.
Este crustáceo branquíopodo carece de conciencia de ser y –lo más importante– de órgano auditivo. Si lo ha intentado, reflexione y sométase a esta pregunta: ¿Por qué hago esto? Busque la respuesta en su silencio interior. Si no la encuentra, escríbame:
doctor.fritzberger@etiquetanegra.com. Lo mío es ayudar.
Fritz Berger Ch. (Etiqueta Negra N° 46)
He aquí el cómo:
1. Canis lupus familiaris. Tras más de catorce mil años de domesticación (léase golpe), el perro es la mascota que mejor escucha a su amo. Este triunfo de la violencia educativa es relativo. Escuchar no equivale a entender, como lo corrobora la nefasta institución matrimonial. La extrema sensibilidad auditiva del quiltro, sumada a la inculcada disposición para la servidumbre, puede generar la impresión de que no sólo escucha, sino que entiende. Siendo sinceros, lo único que entiende es que usted está por servirle su ración de camote sancochado. Acepte el quid pro quo y desfóguese con él sin miramientos.
2. Felis silvestris catus. Ni usted ni yo queremos perder el tiempo. Un gato tampoco. Al gato le interesa un comino lo que usted le diga. El gato era divinidad en Egipto y en esta reencarnación a usted le ha tocado en suerte como eunuco designado para velar por su confort. Para estos animales no existe jerarquía que valga y si parece prestar atención cuando usted le dirige la palabra es porque no tiene más remedio. Cuando lo haga aproveche la ocasión a plenitud y fíjese en la cara de lástima que le devolverá el felino.
3. Cricetinae. El hámster es una mascota con la cual uno se puede pasar horas conversando. La charla puede devenir en monotemática, pero al menos su punto focal de interés es uno universal a toda especie: el sexo. El fornicio duro y puro ocupa el noventa y cuatro por ciento de la actividad neurológica de este simpático roedor afín a los niños. El resto de su actividad cerebral se deriva hacia dormir, comer y ocuparse en sus necesidades fisiológicas. Estas mascotas son muy receptivas, por lo que tocarle temas lascivos o lujuriosos (baje las luces, ponga algo de música), los excitará irremediablemente. La sinergia con sus amos es prodigiosa: no se sorprenda si al cabo de una buena charla con su hámster usted se vea poseído de incontrolables deseos de practicar el coito de manera libre y salvaje, ajeno a restricciones culturales, morales o religiosas. Es decir, como una pequeña bestia.
4. Serinus canaria. Lo particular de una conversación con canarios es que por motivos de su necesaria cautividad éstos no tienen posibilidad de negarse a ella. Si bien debieran ser todo oídos, su condición canora a veces los hace acaparar la charla así no dominen el tema. Por eso los tópicos más convenientes para discutir con un canario suelen ser los mismos a los que se recurren ante una persona con la que se quisiera hablar lo menos posible: la meteorología o un programa de TV. Salvo especies muy específicas cuya hondura puede hacerlos caer en un asfixiante hermetismo (búho o lechuza), su conversación suele ser superficial y repetitiva.
5. Artemia salina. Entablar una conversación con un Sea Monkey es como hacerlo con un chicle.
Este crustáceo branquíopodo carece de conciencia de ser y –lo más importante– de órgano auditivo. Si lo ha intentado, reflexione y sométase a esta pregunta: ¿Por qué hago esto? Busque la respuesta en su silencio interior. Si no la encuentra, escríbame:
doctor.fritzberger@etiquetanegra.com. Lo mío es ayudar.
Fritz Berger Ch. (Etiqueta Negra N° 46)
miércoles, 11 de julio de 2007
Dreamer

Estoy escuchando una canción que se llama dreamer y como no tenia nada mejor que escribir, la puse aquí, es que dice you are a stupid dreamer jajaja y me hizo acordar a mi, que siempre ando pensando en suenios ilusos estupidoides, como le decia a una alumna de clinica que me respondio etiquetandome con el nuevo trastorno estupidoide de la personalidad, pero que falta de respeto, que insolencia,, ta ta ta taaaaa ta!!! Ya en serio, siempre es bueno estupidizar la mente para no cuadricularnos con actividades trilladas ni rutinas pseudo mundanas que lo único que hacen es robotizarnos y calabazear a la juventud.
Mi aporte esta noche fría de invierno medio transilvanico y draculezco es decirles a los que quieran leer esto que .... ya me olvidé lo que iba a decirles ... bueno pues, si han llegado a leer hasta aquí entonces son bien ociosos porque la verdad no quería comunicar nada importante solo escribo para vomitar un poco de ideas que siempre pierden la gravedad en mi cabeza.... ya parece una canción, la cancion logica como dice la que estoy escuchando ahora, bueno me despido de mi mismo porque estoy solo, alone,, ¡maldita sea! estoy solo y parece que tengo un diálogo interno con mi "yo solo" interior, a propósito de esquizofrenias y disociaciones patológicas, se despide su amigo Mr Hide.
Un vómito mental de Marco Sánchez.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)